Ofiuco: el mensajero de Dios


La simbología forma parte muy importante en las acuarelas de Nostradamus, la rueda que aparece en el vaticinio nº 35 marca con sus radios los siete planetas, al igual que la estrella de siete puntas utilizada por Nostradamus para marcar el tiempo, que ya fue estudiada en mi anterior libro. En cada «radio» se alojan las luminarias conocidas en su época, Saturno, Júpiter, Marte, Sol, Venus, Mercurio y la Luna. Sus ciclos se repiten cada 36 años dando así años exactos. La suma de dos ciclos son 504 años, coincidiendo con lo estimado para el regreso del Ave Fénix. Esto significa, que vivimos en un estado tiempo repetitivo que vuelve una y otra vez, un ciclo bailón entre las luminarias y el destino. La rueda podría significar que estamos al final de ese ciclo, capitaneado ahora por el Sol —1981-2016—, y relevado posteriormente por Saturno —2017-2052—.
Nostradamus ofrece pistas sobre esto en la carta a Enrique II:
Esto será después del juicio visible del cielo, antes de que alcancemos el séptimo Milenio que completará todos y que nos acerca al octavo, donde se encuentra el firmamento de la octava esfera, que está en dimensión latitudinaria, donde el gran Dios eterno vendrá para completar la revolución, y donde las constelaciones reanudarán su movimiento y quedará entonces la tierra estable y firme.



La rueda indicaría, al igual que la estrella de siete puntas, el tiempo al que Nostradamus se refiere como propulsor del cambio, el ciclo de Saturno será el que reine cuando los peores hechos se sucedan y cuando seguidamente se den los cambios necesarios para que la Humanidad tome la conciencia espiritual que Dios estableció desde el comienzo de nuestra creación y vemos plasmada en la Biblia. Pero todo esto podría albergar un saber que perdimos con el devenir de los milenios y de los siglos. Una idea que parece verse reflejada en muchos signos de la antigüedad. Esta teoría está formada tomando como punto de salida los datos que son aportados en mi anterior obra, poner todo aquí sería demasiado repetitivo, por ello, para llegar a entender todo correctamente este libro debería ser complementado con el anterior. Todos sabemos que nos regimos por los doce signos del zodiaco, pero realmente son trece los signos que descansan sobre nuestro firmamento, el fatídico número quizás haya sido el artífice de que este signo zodiacal fuera relegado al olvido. Desde la antigüedad, el número trece es considerado como el número diabólico, el número de la mala suerte. La carta del tarot número trece es la de la muerte. Los babilonios ya designaban al decimotercer mes de los años bisiestos como cuervo de la mala suerte. En la cultura china lo llamaban señor calamitoso. En la propia Biblia podemos encontrar esta marca, el fin de los tiempos hace su aparición en el capítulo trece del Apocalipsis y no olvidemos que, el propio Jesús, ocupa el céntrico número trece entre sus doce discípulos. Imaginémonos a los doce discípulos del mismo modo que a los doce signos zodiacales formando parte de una rueda que consta de doce radios. Entonces, el trece sería el eje de esa rueda, el punto central que une a las doce partes restantes. Esta posición es la que adopta precisamente Cristo. Si valoramos y comprendemos esta información, este símbolo será considerado como la fuerza de la transformación que, por medio de un sacrificio, hace posible la salvación del todo. Pero no siempre sucedió así, originariamente dicho número era considerado sagrado, los primeros calendarios fueron los calendarios lunares y no solares. Por aquel entonces, el año estaba compuesto por trece meses, siendo el mes trece, donde se producía la muerte del Sol en el solsticio de invierno. Es la entrada en vigor del calendario solar, la que convierte a esta cifra en diabólica, legando al número doce todo su esplendor.
Existe un signo zodiacal que avanza silenciosamente avisándonos cada 13.000 años de que la tierra finaliza un ciclo, mostrando para ello, su cara más amarga y destructiva. El que ostenta semejante título es el denominado Ofiuco, —en griego significa portador de la serpiente—, está situado en el centro de la galaxia entre Sagitario y Escorpio, ocupando así el eje de la cruz inamovible que existe en el cielo, formada desde la línea que va desde el centro de la galaxia, hasta el borde de la misma y por otra que une el punto central del ecuador celeste, con su punta meridional. Esta recibe el nombre de Cruz Divina. En la tierra tenemos la llamada Cruz Mundana formada por los ángulos entre el equinoccio y el solsticio. Es semejante a las ruedas que describe Ezequiel. Lo curioso de todo esto y el dato importante, es que, por primera vez, desde hace unos 13.000 años, estas dos Cruces se alinean la una con la otra teniendo como eje central a Dios —el Sol—.
En la mitología griega Ofiuco se corresponde con Asclepios, hijo del dios Apolo y la humana Corónide. Éste desarrolló tal habilidad en medicina, que se decía que era capaz incluso de resucitar a los muertos. Muy ofendido por ello, Hades pidió a Zeus que lo matara por violar el orden natural de las cosas, a lo que Zeus accedió. Sin embargo, como homenaje a su valía, decidió situarlo en el cielo rodeado por la serpiente, símbolo de la vida renovada, característica compartida con Acuario.
Ahora miremos hacia la creación de nuestra vieja tierra para comprender que el entendimiento del pasado desvelará nuestro futuro.
Ha sido el Sol el que dio vida y propició la evolución de todas las especies hasta nuestros días. Durante cinco millones de años, nuestro viejo Dios, ha nutrido a la tierra sin pausa, pero con altibajos. Lenta pero inexorablemente nuestro Sol se va calentando cada vez más, y el astro que un día nos dio la vida, nos la quitará. El envejece y aumenta de tamaño de forma gradual caminando hacia la destrucción total que terminará con nuestra tierra, dentro de unos siete mil millones de años.
Ahora estamos en los albores de un cambio del clima, un cambio que nos asusta y que creemos único. Muchos piensan que es un castigo divino, el Diluvio Universal anunciado por Dios. Pero, ¿acaso no saben que no es el primero y que tampoco será el último?
Hace sesenta millones de años la placa africana empujó hacia el Norte, dando lugar a la formación de los Alpes y los Pirineos, la tierra se sentía viva y con sus bostezos iba dando forma a capricho al Mundo que hoy conocemos. España y Europa se separaron debido al empuje de África hace unos seis millones de años, esto daría pie, al surgimiento de un dique natural de unos catorce kilómetros, comprendido entre Gibraltar y el desgajado continente africano. Esto provocó un cambio que ha tenido lugar posiblemente más de diez veces a lo largo de la historia de la tierra. Semejante dique natural provocó que el Mediterráneo se separara del Atlántico, viendo así anulada la entrada del agua de mar que le regalaba su océano vecino. Esto supuso que el propio calor solar evaporara unos cuatro mil kilómetros cúbicos de agua cada año. A este ritmo el Mediterráneo se secó en unos mil años, convirtiéndose en un mortífero desierto de sal que unió toda la cuenca mediterránea. Así, las columnas de Hércules se mantuvieron firmes durante decenas de miles de años, separando el Atlántico del Mediterráneo, pero la vieja África, seguía empujando y estirando la frontera sur de Europa, haciendo insostenible las presiones a las que era sometida la corteza terrestre. Las mareas altas atlánticas iban debilitando el puente de tierra, y el Atlántico consiguió finalmente abrirse camino a través del abismo, dando paso a la mayor inundación de la historia jamás conocida. Más de cien kilómetros cúbicos de agua manaban sobre Gibraltar, cayendo en forma de una inmensa cascada que tardaría más de un siglo en rellenar y dar la forma actual que ostenta desde hace unos cinco mil millones de años nuestro queridísimo mar Mediterráneo.
Por todo esto, debemos comprender, que la etapa que estamos a punto de comenzar se ha dado una y otra vez en la tierra, que nosotros no somos los causantes plenos del cambio climático, pues esto ya sucedía cuando aún no pisábamos el Mundo. El clima en Europa, al igual que ahora, hace unos dos millones de años pasó a estar fuera de control, las temperaturas cayeron en picado dando paso a una era Glacial. Esto fue causado probablemente por el continuo acercamiento y alejamiento de la tierra al Sol y porque el eje de la tierra se inclinó variando su posición anterior. Por ello, repetimos que, no debemos creer que es una desgracia de nuestros tiempos, el clima en Europa durante los últimos dos millones de años ha pasado de ser subtropical a Ártico y de Ártico a subtropical. Estos periodos, según los científicos más reputados, vienen a durar una media de cien mil años antes de que un periodo de helada regrese nuevamente. Aunque no nos parezca, hace ciento quince mil años que estamos sumergidos en una edad de hielo y ahora nos encontramos, más o menos, en el medio de este periodo cíclico, de ahí que los polos estén desapareciendo, quizás ahora más acentuadamente, pero este proceso se inició hace unos quince mil millones de años cuando el eje de la tierra volvió a moverse propiciando el comienzo del deshielo.
Se entiende que para que exista un cambio en el clima se deben dar los siguientes factores naturales:
el primer factor es la inclinación del eje de rotación terrestre. Al aumentar su ángulo, las estaciones resultan más extremas en ambos hemisferios —veranos más cálidos e inviernos más fríos—. Actualmente, el eje de la tierra está desviado 23,44 grados con respecto a la vertical; esta desviación fluctúa entre 21,5 y 24,5 grados a lo largo de un periodo de 41.000 años.

Un segundo factor que acentúa las variaciones entre las estaciones, es la forma de la órbita terrestre. Con un período de aproximadamente, 100.000 años, la órbita se alarga y acorta, lo que provoca que su elipse sea más excéntrica y luego retorne a una forma más circular. Esto lleva a obtener más calor del Sol o menos. La excentricidad de la órbita terrestre varía desde el 0,5%, correspondiente a una órbita prácticamente circular; al 6% en su máxima elongación. Cuando se alcanza la excentricidad máxima, se intensifican las estaciones en un hemisferio y se moderan en el otro.

El tercer factor, es la precesión o bamboleo del eje de rotación de la tierra que, describe una circunferencia completa, aproximadamente, cada 23.000 años. La precesión determina si el verano, en un hemisferio dado, cae en un punto de la órbita cercano o lejano al Sol.

Sabiendo todo esto, mirando al pasado entenderemos que al menos en lo referente al clima de nuestra madre tierra, todo parece seguir un patrón seguramente dominado por la influencia de todos y cada uno de los astros.
Entre tantos datos surge una duda que ha de ser planteada; ¿si Ofiuco se convierte en el eje de la alineación entre la cruz divina y la cruz mundana terrestre cada 13.000 años?, ¿por qué no tomarlo como un mensajero que nos avisa incansablemente del cambio climático que se originará, tras la suma de todos estos factores, cada trece o quince mil años? Estas etapas marcadas por Ofiuco serían como aceleraciones en el camino al deshielo o a la helada, el zodiaco número trece aparecería ocho veces a lo largo del periodo de acercamiento o separación del Sol, que se da cada unos cien mil años. Por este motivo, ahora que nos encontramos más o menos en el ecuador de dicho periodo, nos encontramos dentro de un ciclo de unos 33.333 años de aumento de la temperatura terrestre que provocará un nuevo deshielo, un nuevo Diluvio Universal, pero miles de años hacia delante, tal vez dentro de unos dos o tres ciclos de Ofiuco, en vez de deshilo, sea enfriamiento global lo que regresará para, así, ir entrando de nuevo en una Era Glacial profunda.

La historia conocida nos da la razón, ya que, hace unos 12.000 años se creé que el Diluvio del Noé bíblico tuvo lugar, al igual que la desaparición de la mítica Atlántida, y hace unos 12 ó 13.000 años se extinguió la Megafauna. Hace unos 26.000 años —2 ciclos—, comenzó la última glaciación y se prolongó por más de siete milenios, según el estudio realizado por investigadores de la Universidad estatal de Oregón. El planeta está atravesando un periodo interglaciar cálido —dentro de la glaciación del Cuaternario—, que se inició hace 12.000 años. Dicho periodo, que estamos sufriendo ahora, podría ser el que hace 125.000 años —9,5 ciclos de Ofiuco—, hizo que el mar subiera su nivel hasta unos 6 metros por encima del actual por el aumento drástico de las temperaturas y el consiguiente deshielo de los polos. Debemos ser conscientes del peligro que atañe el que desde el siglo XX, la temperatura haya aumentado 1,5º. Con 16º más, este escenario se repetirá. A finales de este siglo se cree que el nivel del mar subirá casi 1 ó 1,5m del actual. Sólo una oscilación de entre 4 y 7 grados, provoca un periodo cálido o frío. Recordemos que cada 41,000 —3,5 ciclos— años, la inclinación del eje de la tierra sobre su órbita, pasa de los 21.5 a los 24.5 grados, para volver de nuevo a los 21.5 grados.
Muchas de las culturas milenarias de la antigüedad, parecían conocer este secreto cíclico que regresaba junto a la Serpiente milenaria. Es como si supieran que una grieta se abre cada 13.000 años en el oscuro abismo del universo, y por ella, penetrará el mal en sus diversas formas. Su propia ubicación en el firmamento pudo ser la fuente de la legendaria lucha entre Hércules y la gran serpiente Pitón. Ofiuco limita al Este con la Serpiente, Libra y Escorpio, al Oeste con las constelaciones de Sagitario, y finalmente al Norte —Aquilón— con Hércules. En Revelaciones 20:2 se dice; Dominó al Dragón, la Serpiente antigua que es el Diablo y Satanás. El Libro de Daniel 11.20-45 parece referirse a los reinos de Gog y Magog. Ambos, según Guénon, representarían las malas influencias del demonio sutil o inferior siendo el gran muro que rodea al Mundo el que protege a los humanos de su penetración. En la tradición islámica, estas fisuras son por donde «cada fin de ciclo» se introducen las hordas de Gog y Magog, curiosamente la cultura hindú los identifica como los demonios Koka y Vikoka que actualmente llevan una vida subterránea, viviendo en el abismo, hasta encontrar su oportunidad, su fisura de acceso. Los egipcios lo conocían como la gran serpiente Apep o Apofis, que encarnaba, las fuerzas destructivas del caos. Era indestructible y poderosa, su función consistía en romper la Maat, el orden cósmico. Los mayas parecen representarlo con la sístole y diástoles de Hunab Kú expresado en 26.000 años, 13.000 años de luz y 13.000 años de tinieblas.
La ciencia, ha dividido la edad y evolución del planeta tierra en cinco edades. Pero ya la milenaria tradición Védica, surgida bajo los preceptos del filósofo Krishna, hace más de cuatro mil años al norte de la India, señalaba que en la actualidad nos encontramos en la Cuarta Era del Mundo, es decir, en Kali-Yuga o Edad del Hierro, una Era que acaba de terminar, y que los Vedas asocian con una edad oscura donde prevalece la mentira y la enfermedad, se niega la divinidad y se pierde contacto con el reino espiritual. Algunos afirman que no es más que la entrada a Dwapara Yuga, una edad donde la Humanidad se llena de pasión y las religiones se dividen; otros en cambio sostienen que estamos entrando en Satya Yuga, la Edad de Oro —Saturno— donde imperará la justicia y no existirán enfermedades ni malicias.

El ciclo Hindú de Yugas —Eras o Edades— tiene una duración total de 24.000 años, dividiéndose en cuatro periodos desiguales de ida y vuelta. La suma de todas estas Eras o ciclos hinduistas es de 12.000 años.
—1 Satya Yuga o Ed. de Oro, duración de 4.800 años.
—2 Treta Yuga o Ed. de Plata, duración de 3.600 años.
—3 Dwapara Yuga o Ed. de Bronce, duración de 2.400 años
—4 Kali-Yuga o Ed. de Hierro, duración de 1.200 años.

La mitología maya y azteca representó dichos ciclos con soles:
—1 Sol de tigre. Sol de la oscuridad. Sol de la noche. Sol de las tinieblas.
—2 Sol de vientos y de huracanes. Humanidad destruida por huracanes.
—3 Sol de lluvias de fuego y de fuego. Humanidad afectada por fuego.
—4 Sol de agua. Humanidad destruida por diluvios e inundaciones.
—5 Sol de movimiento. Símbolo de serpiente. Constante movimiento

Como ya hemos dicho, el Gran Ciclo Maya, tiene una duración de unos 26.000 años, comprendidos entre 13.000 años de luz y 13.000 años de tinieblas. Esto es comparable al período durante el cual nuestro planeta, junto con el Sol, gira en torno a Alción, el Sol o estrella central de las Pléyades. La tradición Celta también habla de un ciclo de 13.000 años, el cual está condicionado por dos cataclismos. Uno de ellos se asocia a la Era astrológica de Leo, mientras que el otro afecta a la actual de Acuario.
Como se ve, parece que estas culturas apuntan al signo zodiacal número trece representado por la insaciable serpiente antigua, como señal de que su llegada cada 13.000 años, indicaría un cambio en las fuerzas naturales y humanas de la tierra.
En el 2012 Ofiuco renacerá entre las tinieblas formando parte de la gran alineación universal de la que seremos testigos privilegiados. Esto traerá como hemos deducido un cambio drástico en el clima porque irá acompañado de una variación del eje que debería suceder, o quizás ya haya sucedido, al igual que lo hizo hace unos 15.000 años atrás. Decimos que es posible que ya hayamos sido testigos puntualmente del primer paso a lo que describimos, porque dos terremotos sucedidos en nuestros días han hecho oscilar el eje terrestre. El primero de 9 grados de magnitud Richter ocurrió el 26 de diciembre del 2004 frente a las costas del Noreste de Sumatra y fue seguido de varios tsunamis que asolaron las costas de Sri Lanka, Tailandia, Indonesia, la India y otros estados de la región, La magnitud del fenómeno lo sitúa dentro de los 5 eventos más grandes registrados en el Mundo desde que existen métodos confiables de medición. Este sismo cambió el eje de la tierra, acelerando su rotación y acortando la duración del día en tres microsegundos, según afirmó el geofísico Richard Gross, del Laboratorio de Propulsión a Chorro —JPL— de la agencia espacial estadounidense NASA. Gross calculó que el eje de la tierra varió unos 6 cm por el fenómeno sísmico. La tierra se hizo más compacta y se aceleró, como si las placas continentales se hubieran superpuesto. El segundo fenómeno de este tipo ocurrió en tierras chilenas el 27 de febrero de 2010, llegando a una magnitud de 8,8 grados. Fue percibido en gran parte del Cono Sur con diversas intensidades, desde Ica en Perú por el Norte, hasta Buenos Aires y São Paulo por el Oriente. Las zonas más afectadas por el terremoto fueron las regiones chilenas de Valparaíso, Metropolitana de Santiago, O’Higgins, Maule, Biobío y La Araucanía. Posteriormente, un fuerte tsunami impactó en las costas chilenas como producto del terremoto, destruyendo varias localidades ya devastadas por la fuerza telúrica. El sismo es considerado como el segundo más fuerte en la historia del país y uno de los más fuertes registrados por la Humanidad que ha variado incluso el eje de la tierra unos 8 cm.
De este modo, en el 2012 parecen cumplirse los requisitos anteriormente señalados para el comienzo de un drástico cambio climático que se dirigirá hacia un deterioro constante hasta tiempo incierto.


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